Sobre herencias literarias

Sobre herencias literarias

Un tatarabuelo mío proporcionó una herencia muy poco literaria. Él tenía una cosa solariega, con dos balcones en una casa de piedra en un pequeño pueblo castellano. Cuando mi tatarabuelo falleció (joven, de un infarto de corazón), lo heredó su mujer. Bastantes años después le llegó el turno de morir, y le tocó en suerte en la herencia a mi bisabuelo, que al morir, lo cedió a mi abuela, que al morir lo dejó en herencia a mi tía, que fue y… lo vendió. Fin de la primera parte de la historia.

Y si mi tatarabuelo hubiera sido escritor

Supongamos que mi tatarabuelo hubiera sido un gran escritor del siglo XIX, uno de los poquísimos escritores que escribieron algo en aquella parte de la historia que todavía hoy merecen el crédito del público y, sorprendentemente, tienen lectores que lo recomiendan de boca en boca.

Supongamos que mi tatarabuelo, en lugar de haber trabajado de sol a sol en el campo, se hubiera dado al oficio de escribir, y a esa pasión hubiera dedicado el tiempo del que dispuso en su breve, para los estándares de hoy en día, vida.

Ya no podría haber construido una hermosa casa de piedra con dos balcones, porque era escritor, pero no ganaba tanto como para poder comprarse un terrero y luego construirla, pero sí tenía lo suficiente para alimentarse a él y a su familia. Cuando murió, de un infarto al corazón, joven, heredó los derechos de su obra su mujer. Bastantes años después le llegó el turno de morir. Habían pasado treinta años desde que murió su marido. Su único hijo heredó los derechos de autor de la obra hasta que… transcurrieron 70 años desde que murió su padre y entonces dejó de tener los ingresos por los libros que había escrito su padre y que todavía se seguían leyendo.

Si su padre, en lugar de haber escrito se hubiera dedicado a cualquier otro trabajo, podría haber heredado el dinero o los bienes materiales en que convirtió su esfuerzo, pero si era un esfuero literario no.

La ley de vencimiento de los derechos de autor: una discriminación según tipos de propiedades

No soy el primer escritor que se opone a que los derechos de la obra deban vencer. Mark Twain propuso que fueran a perpetuidad, y también Javier Marías lo manifestó, entre otros. Pero ¿tiene algún sentido discriminar un tipo de esfuerzo frente a otros? ¿por qué motivo, si tu esfuerzo se acaba dedicando a escribir libros que proporcionan el disfrute a miles de personas, deben tus herederos dejar de disfrutarlo, pero si tu esfuerzo se dedica a atesorar acciones, o propiedades inmobiliarias, lo serán a perpetuidad? ¿Tiene menos mérito ser heredero de Cervantes que de cualquier noble que haya heredado un castillo? ¿Tiene la ley que privilegiar las herencias inmobiliarias frente a las culturales?

Quizás lo más justo sería que no se discriminara entre unos tipos de propiedades y otras, y todo aquello que se hereda debería pasar al patrimonio público cuando transcurriera un determinado periodo de tiempo: sea un libro, una finca o una empresa. Nadie merece, quizás, disfrutar del esfuerzo de otros, pero supongo que forma parte de la naturaleza humana que nos preocupemos por el bienestar de los hijos a los que les regalamos la vida (o quizás sea una forma de compensación por los sinsabores que ésta acarrea, no lo sé); o queramos agradecer a aquellas personas que nos regalaron su tiempo en vida, o su cariño, o su amor. Y si así fuera, si las propiedades materiales tuvieran fecha de vencimiento, quizás la gente dejaría de dedicar tanto tiempo en vida a atesorar bienes materiales, y quizás proliferarían mucho más los talentos artísticos.

Esta es una propuesta con un hálito de vida extraordinariamente breve: nadie va a aceptar que le despojen de sus posesiones porque ha transcurrido un número determinado de años. Los palacios centenarios de los nobles todavía hoy siguen en manos, en ocasiones, de descendientes que se lo han ido transpasando de mano en mano desde hace siglos, y a nadie le parece mal; todo lo contrario, es signo de que forman una familia poderosa, que desafía al tiempo con símbolos del poder económico que todavía hoy conservan.

Antepasados ricos o famosos

Hablando sobre herencias literarias, si tu antepasado fue Cervantes, o Góngora, o Newton, entonces dice la ley que no mereces seguir disfrutando del beneficio de provenir de una familia donde una vez hubo un genio, de alguien que alguna vez aportó algo a la humanidad. La sociedad en su conjunto disfruta en su conjunto de las producciones artísticas y científicas durante generaciones y generaciones, y el esfuerzo de esas personas genera bienestar y riqueza económica a millones de personas, pero sus herederos no disfrutan de ello pasado un tiempo. Si tu antepasado es Rockefeller, o Botín, entonces sí, entonces no hay fechas de caducidad.

La maldición de ser artista o científico

Todos los artistas y los científicos son malditos, por este motivo. Sin embargo -podría argumentar alguien- ¿el arte y la ciencia no son desprendidos, no se hacen sólo por placer, y tienen además el cebo de que permiten alcanzar algún tipo de inmortalidad? Cuando alguien trabaja en un trabajo que genera dinero, se supone que no disfruta, y darle el dinero es una forma de compensarle por su esfuerzo. Por eso los escritores ganan poco, y al final, a sus herederos se les retira ese poco pasados los años.

Si ese fuera el argumento, la ley de vencimiento de los derechos de autor fomenta que la gente deje de realizar actividades que les gustan para realizar otras bienestar de tus herederos, no te dediques a escribir libros, ni a investigar. Gana dinero de otra forma e inviértelo en algo tangible, material. Nadie te lo quitará nunca.

@ del texto: Javier Nodras (2020).

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